La Nación El día que la tierra tembló y los gauchos se asustaron
20/06/2026
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Un extraño suceso que conmocionó a los habitantes de Navarro, Lobos y Chivilcoy en 1846 fue relatado por el célebre médico Francisco Javier Muñiz
No sólo debió correr en esos tiempos de boca en boca, tardando lo que demoraban en llegar las noticias, sino que el doctor Francisco Javier Muñiz, médico de merecida fama, que se desempeñaba en la Villa de Luján y estudioso, explicó el fenómeno que ocurrió “a las 4 de la tarde del 19 de octubre de 1846, estando la atmósfera serena, el cielo despejado y elevada la temperatura”. Consistió el mismo “en un ruido subterráneo asimilable a la ruptura de una nube que, uniforme en estrépito, se propagara en trueno prologado de este a oeste, y perdiera al fin su decreciente estallido en una remota lontananza”. Repoblar la Patagonia: la titánica misión de un plan para atraer familias y demostrar que un sueño no está perdidoDespertó “la curiosidad y aún el asombro entre los habitantes de los partidos de Navarro, Lobos, Chivilcoy y la costa del Salado… en el largo trayecto de quince o más leguas”. Las vísperas, y ese, eran días de mucho calor, “de viento norte que apenas movía las pajas del desierto”. Después del fenómeno por la noche, “sobrevino un huracán del Oeste, seguido de una lluvia de cuatro horas, la temperatura refrescó en más de un grado”.Según las referencias recogidas por Muñiz, “varios peones de las provincias, acostumbrados a la frecuencia de los tembladerales, que recogían ganado del establecimiento del capitán Miguel Casa a unas cinco o seis leguas de Mulitas (cerca de 25 de Mayo) unánimemente aseguran, lo mismo que otros individuos, que la tierra osciló sensiblemente. Los caballos que montaban, sobrecogidos de susto o como avisados de inminente peligro, hicieron esfuerzos por huir opuestamente al rumbo por donde se creyó pasara el ruido. El que cabalgaba el dueño de la hacienda, aunque muy manso, entró en viva agitación, e hizo movimientos violentos y desusados por correr a escape. El ganado que conducían al rodeo se dispersó a la carrera, y los redomones atados al palenque en la estancia cortaron los cabestros y dispararon al campo”.El ruido duró alrededor de 15 minutos. Según declararon los campesinos, compararon “aquel estruendo sorprendente, al que ocasiona el disparo de una yeguada numerosa; novedad de la cual no puede, en cuanto a la particular concusión que suscita en la tierra, formarse justa idea de aquel que no la presenciara, y que no hubiera temido ser víctima quizás de estos animales, que corren a veces por millares y en masa por las Pampas”.Hombre de cienciaMuñiz, como buen hombre de ciencia, apuntó que la “credulidad acoge todo género de invenciones, o sea el deseo de hacer más señalados o célebres acontecimientos como el presente, propalaron que el aire subterráneo hizo su explosión cerca de la laguna del Socorro, resquebrajando la tierra en aquella parte. Las investigaciones del inteligente y activo capitán Casal, a cuya bondad debemos varios detalles del caso, han desmentido aquel aserto”.Comparó el fenómeno descripto con los testimonios adquiridos “las más recias tronadas” y observó que “el hombre teme y palpita; mas no huye al raso: quiere ocultar su pavor en el sitio más recóndito; busca preservarse… el bruto se encoge y tiembla, o contempla con admiración estúpida los imponentes meteoros, que restituyen el equilibrio a la naturaleza. Pocos de ellos se alejan del paraje en donde ha roto, con estrépito formidable, la nube eléctrica”.Muñiz conocía perfectamente la zona, vivió desde 1828 hasta 1848 en Luján; de esa época quedó el retrato que le hiciera Carlos Enrique Pellegrini, que como dice Alberto Palcos, su biógrafo, “es la fisonomía de un príncipe europeo o la de un lord inglés que hubiera tenido el raro capricho de aislarse en remotas soledades”. Vivía en una de las principales casas de la ciudad, al lado del Cabildo, y aunque su salud no era la mejor, se tomaba todo el tiempo en atender a los vecinos y a los soldados, a los gauchos y familias de los alrededores, que lo respetaban y veneraban por su generosidad. Seguramente en la estancia “Los Talas” conoció a Echeverría y hablaron de fenómenos climáticos, “era la tarde y la hora en que el sol la cresta dora”; conversó largamente con los paisanos del lugar y conoció su idiosincrasia, como que también fue propietario de una estanzuela a una legua de Luján, en la actual estación Jáuregui.Por todo ello es que el fenómeno y la noticia de la experiencia de aquella gente lo llevaron a analizar desde la realidad vivida y desde la ciencia lo sucedido en esa primavera de 1845, aunque no encontró la explicación y quedó en una conjetura. Por esos días, la flota anglofrancesa bloqueaba el río y faltaba apenas un mes para el combate de la Vuelta de Obligado. Pasadas esas horas, pensó el doctor que lo mejor era dar su testimonio y así el jueves 26 de febrero la “Gaceta Mercantil” en su primera página publicó la noticia del susto de aquellos gauchos.
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