
“Se habla del autismo en sí, pero no de los costos”, plantea María Elba Mohando, madre de Miguel, un joven de 21 años con autismo, y una de las voces que desde hace años impulsa la inclusión desde la experiencia personal.
Su historia expone cómo el diagnóstico no recae solo sobre una persona, sino que reordena por completo la vida familiar. “Uno cree que puede repartir el tiempo en partes iguales, pero no siempre es así”, reconoce al hablar de la crianza de sus dos hijos, Miguel y Emiliano, y de los desequilibrios que eso genera en el día a día.
Durante años, asumió casi en soledad el acompañamiento de su hijo: terapias, médicos, escuelas y trámites. “Sentía que yo tenía que hacer todo”, admite. Una carga sostenida por la autoexigencia, pero también por la dificultad de soltar y compartir responsabilidades.
Con el paso del tiempo, el crecimiento de sus hijos y el aumento de las demandas hicieron inevitable el cambio. “Las situaciones se incrementan, los desafíos son otros”, señala, al reconocer que el cuidado también necesita ser compartido.
Ese proceso incluyó aprender a pedir ayuda y reorganizar los roles dentro de la familia. “Había cosas que tenía que escuchar él también”, dice en referencia a su pareja, marcando el inicio de una dinámica más compartida en el acompañamiento.
En su relato, el autismo aparece no solo como un diagnóstico, sino como una experiencia que transforma vínculos, rutinas y emociones. Una vida que, puertas adentro, se reescribe todos los días.




