
Hay maneras de pensar, de sentir, de relacionarnos y de actuar que aprendimos hace tanto tiempo que dejaron de parecernos elecciones, se transformaron en nuestra forma "normal" de vivir, y, justamente allí reside el mayor desafío: lo que se vuelve habitual también puede volverse invisible o transparente.
Un patrón disfuncional no siempre se manifiesta con grandes crisis, a veces aparece en pequeños gestos cotidianos: necesitar controlar todo, buscar aprobación constante, desconfiar sin motivos claros, reaccionar con enojo ante cualquier diferencia, callar para evitar conflictos o repetir vínculos que terminan haciéndonos daño.
Lo paradójico es que solemos intentar cambiar el escenario mientras el verdadero guion permanece intacto.
Cuando una manera de ser deja de ayudarnos y comienza a generar sufrimiento en distintas áreas de la vida, por ejemplo en las relaciones, la familia, el trabajo, la salud emocional o el crecimiento personal, deja de ser un rasgo de personalidad para convertirse en un límite para nuestro bienestar.
La buena noticia es que todo aquello que fue aprendido también puede ser revisado conscientemente, siempre que exista voluntad, compromiso y responsabilidad.
Ningún cambio comienza con una respuesta, comienza con una pregunta, y quizás algunas de estas preguntas que menciono, puedan abrir una puerta para auto interpelarse y confrontar la manera de estar siendo en la vida:
- ¿Hay conflictos que se repiten una y otra vez en tu vida?
- ¿Qué parte de esa repetición depende de vos?
- ¿Qué emociones aparecen con mayor frecuencia: enojo, miedo, culpa, necesidad de controlar o sensación de abandono?
- ¿Cómo reaccionas cuando alguien piensa diferente?
- ¿Escuchas para comprender o solamente para responder?
- ¿Qué historia te cuentas acerca de los demás y cuál te cuentas sobre vos?
- ¿Estás construyendo vínculos desde el amor o desde las heridas que todavía no sanas?
- ¿Quién serías si dejaras de reaccionar automáticamente?
La autopercepción no consiste en juzgarse, consiste en observarse con honestidad y con compasión.
Nadie cambia porque alguien le demuestra que está equivocado, cambiamos cuando descubrimos que existe una forma de vivir que contiene mayor libertad.
Existen herramientas sencillas que pueden iniciar ese proceso: ayuda el escribir un diario emocional, pedir una devolución sincera a personas de confianza, practicar momentos de silencio para observar las propias reacciones, desarrollar la escucha consciente, aprender a poner límites saludables y, cuando es necesario, buscar acompañamiento profesional.
Desde una mirada humanista, cada persona posee un potencial de crecimiento que muchas veces permanece oculto bajo capas de miedo, creencias limitantes y experiencias no resueltas.
Desde una dimensión espiritual, podríamos decir que la vida no deja de enviarnos las mismas lecciones hasta que dejamos de repetir las mismas respuestas.
Quizás las personas que hoy generan incomodidad en nuestra vida no sean únicamente un problema; tal vez un maestro para la superación y trascendencia y también sean un espejo.
Y los espejos, aunque a veces incomoden, tienen una virtud extraordinaria: muestran aquello que no podemos ver por nosotros mismos.
Cada vez que elegimos observarnos en lugar de culpar, comprender en lugar de reaccionar y aprender en lugar de repetir, comenzamos a escribir una versión más consciente de nuestra historia.
Porque el verdadero cambio no ocurre cuando el mundo deja de desafiarnos, ocurre cuando dejamos de responder desde el mismo lugar de siempre, y ese día, casi sin darnos cuenta, no solo cambian nuestras relaciones, cambia la relación más importante de todas: la que tenemos con nosotros mismos.
Te mando un beso inmenso.
(*) IG Tona Galvaliz. FB/LinkedIn: María Antonia Galvaliz.




