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Sociedad Manuel Vicente Figuerero: una obra suya muy poco conocida
15/03/2026 | 28 visitas
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El 7 de octubre del año 1932, Rafael P. Velázquez, director del periódico "El Argentino", de la localidad de General Madariaga, en la provincia de Buenos Aires, se dirigió por carta (la dirección es la estación del F.C.S) a Manuel Vicente Figuerero, que por entonces ya vivía en Buenos Aires, y, con motivo de cumplirse "el primer cuarto de siglo de la fundación de este pueblo, que lleva el nombre prócer del General Juan Madariaga, recurriendo a él, "como buscador juicioso y obstinado de tesoros históricos" y "pedirle algún trabajo…que honre y dé mayor importancia al número de homenaje que proyectamos.

Velázquez, "abusando de su benevolencia", también le señala que "hay en la vida del General Madariaga, un hecho que se ha prestado a confusiones y creo llegado el momento de esclarecerlo categóricamente."

Precisando el tema, puntualiza que se refiere "al desastre sufrido por los correntinos el 4 de febrero de 1846; al combate de Laguna Limpia", sobre cuyos detalles no existe hasta el momento un conocimiento fundado histórico".

Destacando y dando por descontada la solvencia de Figuerero para "tratar ese punto que conceptúo de altísimo interés, con relación a la brillante personalidad del General don Juan Madariaga", remata su escrito con las manifestaciones que son de estilo.

Figuerero responde con una monografía de una treintena de páginas titulada "La campaña de Ihbahai (sic) y el Combate de Laguna Limpia", que ya en la carátula cita como fuente a la "Información oficial de 1846 sobre este hecho de armas". Al año siguiente - 1833 - , son los "Talleres Gráficos El Argentino quienes la editan, en la población de General Madariaga misma.

Como dato de interés, esa localidad se halla a una decena de kilómetros o poco más de Pinamar, y en su momento usufructué allí una vivienda que me prestaron, pasando un magnífico veraneo gasolero que sólo me exigía ir y venir todos los días a la playa.

JOSÉ ANTONIO VIRASORO.

La monografía, Figuerero la inicia exaltando a esa "población que ostenta con cívico orgullo el nombre glorioso del vencedor de Bella Vista y Río Corriente, en la Cruzada Libertadora de 1843 en contra de la ominosa dictadura de Juan Manuel de Rosas.

Adelanta luego el formato que revestirá su obra, elaborada como una "Nota, que contendrá, empero, la narración sucinta de los incidentes más destacados de aquel hecho de armas y la mención taxativa con la cita y transcripción de todos los documentos pertinentes suministrados por los actores oculares y por ende de un valor indubitable". Aquí, Figuerero hace suyo el criterio del "publicista Barrantes", de que "La historia por excelencia, la única que merece ese nombre, es la historia escrita por testigos oculares".

Expresa luego que "han transcurrido 86 años de aquellos acontecimientos", y por lo tanto a "la verdad histórica" le ha llegado "la hora", "para formular juicios de veracidad insospechable sobre episodios pretéritos y sobre los protagonistas de nuestras pasadas contiendas".

JOSÉ MARÍA PAZ.

Pasa a continuación, de plantear uno de los temas capitales de su trabajo: un "juicio" al general José María Paz, y así dice que "nueve años después de la campaña de Ihbahai y del combate de Laguna Limpia aparecieron las Memorias Póstumas de uno de los actores de primera fila de aquel dramático episodio - (el General Paz) – "y su palabra y su juicio sobre aquellos hechos, hasta hoy han imperado en forma irrefragable por haber adoptado para su divulgación la permanencia del libro impreso". Señala luego, que esas Memorias de 1855 "levantaron un coro de protestas entre los aludidos despectivamente por el autor que ya había bajado a la tumba".

Sobre esos afectados por los escritos de Paz, enuncia al general Lamadrid, al coronel Lorenzo Lugones y al general Tomás de Iriarte "afamado general de nuestras guerras de la independencia y en contra de la tiranía" que en su réplica a las memorias del cordobés "llegó a aconsejar a los deudos del general Paz que retiraran de la circulación los libros que habían editado pues ellos dejaban mal parado a su autor". Como criterio historiográfico, Figuerero echa mano de Rómulo Carbia quien afirma que "la pasión política, muchas veces ocultó a Paz la verdad histórica, pues ese era su lado vulnerable…".

Figuerero también menciona como actores menospreciados por Paz a Justo José de Urquiza y a Juan Madariaga, y como figura imparcial frente a unos y otros "…el juicio atinado y exacto del prestigioso historiador argentino de la región mesopotámica, el doctor Martiniano Leguizamón.

Como "fuentes documentales", cita el "Boletín del Ejército. Detalla de la última campaña de Ihbahai", los "Apuntes del diario histórico inédito del general Eugenio Garzón" sobre la campaña de 1846, el "Parte oficial del general Urquiza sobre el combate de Laguna Limpia", la "Correspondencia del general Paz" con el gobernador en campaña y el gobernador delegado, y la del general Urquiza con el gobernador delegado de Entre Ríos, las "Publicaciones periodísticas del general Juan Madariaga" atacando los cargos formulados en su contra, la "Información Oficial" aportada por el coronel Joaquín Baltar cuando fungía como Jefe del Estado Mayor del "Cuarto Ejército Libertador de Corrientes", la "Versión histórica" de Martiniano Leguizamón sobre el apresamiento de Juan Madariaga, y la "Declaración atribuida al general Juan Madariaga ante el Jefe del Estado Mayor coronel Benjamín Virasoro".

A estas alturas, la lectura del escrito de Figuerero, ya evidencia que toma partido por Juan Madariaga, contra José María Paz, aunque no le retacea los comentarios elogiosos por su pericia militar y en especial su capacidad táctica.

Sin embargo, las críticas que le formula no son menores, y así, por ejemplo, le achaca haber permanecido diez meses inactivo, sin atacar al general Eugenio Garzón "a pesar de su manifiesta inferioridad y sin probabilidades de que Urquiza lo socorriera".

También afirma que en el tratado de alianza entre Corrientes y Paraguay, "movido por el ministro brasileño Pimenta Bueno" Carlos Antonio López "impuso como condición sine qua non" que se prescindiera "de la actuación del general José María Paz", y que sólo pudo cerrarse el acuerdo cuando Paz, que tenía el cargo de "Director de la Guerra" terminó cediendo, cosa poco creíble porque la fama en los ámbitos militares del cordobés, era poco menos que inatacable, aunque como señalara Manuel Florencio Mantilla "era susceptible hasta la exageración y de una gran vanidad".

El escrito, describe luego las características del contingente aportado por los paraguayos "bajo las órdenes de un hijo del presidente paraguayo, un adolescente de 17 años".

Pinta luego a Juan Madariaga como un general "de actividad y diligencia proverbiales que gozaba de gran predicamento ante el presidente López", que es quien se entiende con "el generalito", como al parecer apodaban a Solano López, y asevera que la sola enunciación de la edad del comandante paraguayo y su manifiesta falta de pericia para ser el auxiliar "de un eximio profesional de la escuela del Manco Glorioso, ahorra todo comentario".

A juicio del historiador, "la campaña a iniciarse sería memorable por haber intervenido en ella los dos militares más afamados de la época: los generales José María Paz y Justo José de Urquiza. La astucia, la que se le reconocía a ambos, la rapidez asombrosa de las marchas, la audacia temeraria para vencer terrenos fragosos…todo contribuyó a un duelo singular entre los vencedores de Caá Guasú e India Muerta. Como corolario imprevisto y sorpresivo de esta campaña, una rodada fortuita de un corcel de guerra, produjo los efectos desconcertantes de la boleada gaucha de 1831. Como consecuencia inmediata ocasionó la anulación de una prestigiosa figura militar de la lucha armada en contra del tirano y exaltó otra que debía 6 años más tarde realizar el ideal patriótico de la Campaña de Ihbahai".

Aquí aparece otra de las constantes de la historización de Figuerero: sin decirlo expresamente, pone a la misma altura a Juan Madariaga con José María Paz, equiparando la rodada del correntino con la boleada merced a la cual es capturado el cordobés. Como es sabido, descontada su acidez de carácter, Paz tenía encomiables cualidades de valor personal en batalla y grandes triunfos. A esas alturas, Madariaga había eludido el llamado del cañón en Caá Guasú, había huido acompañando a Rivera en Arroyo Grande, y solo podía proclamarse vencedor en las escaramuzas de Bella Vista y Río Corriente, y, con respecto a la prolongación de la guerra contra Rosas, la campaña de 1846, a todo efecto, terminó con la captura de Juan Madariaga en Laguna Limpia, porque a partir de ese momento el gobernador, su hermano Joaquín, no tuvo otro pensamiento que librarlo sano y salvo.

A los dos comandantes, Paz y Urquiza, Figuerero les achaca el mismo vicio, de adjudicarse efectivos comparativamente inferiores, minimizar las bajas propias y exagerar las del enemigo, y dedica extensos párrafos a tratar de determinar cuáles eran los efectivos de Paz, los de Urquiza, y también del contingente paraguayo.

También historia las primeras operaciones de ambos ejércitos, exaltando la vanguardia cuyo comando ejerce Juan Madariaga "experto y prestigioso militar del arma de caballería" a quien el "Director de la Guerra" (cargo inventado por el clan Madariaga para Paz), le dirigió como "general de Vanguardia" (jerarquía también artificial de mando personalizado) "una comunicación en la que le exponía su plan ofensivo". Ese documento crucial, cae en manos de Urquiza cuando la galera de Juan Madariaga también es capturada en Laguna Limpia, con todo el archivo del "general de vanguardia". Describe luego en detalle la acción de Laguna Limpia (nombre según él difundido por los entrerrianos, cuando el real habría sido "El Potrerito"), y con alguna minuciosidad la rodada y captura de Madariaga, y las opiniones posteriores de todos los involucrados, para poder concluir que se trató de un episodio menor que no comprometió mayormente la moral y las capacidades del Ejército.

Figuerero critica acerbamente "la falsa y peregrina invención que en 1848 lanzó al público el periódico rosista, órgano de la "familia Virasoro Corrientes Confederada"… con el maléfico propósito de ensombrecer la personalidad popularísima en el ejército correntino del jefe de la vanguardia, protagonista infortunado de aquel suceso".

Transcribe a continuación los distintos documentos de las partes, comenzando por Urquiza y continuando con Paz, y se detiene en el Intento del Manco de tomar el poder en Corrientes, cuando ya es evidente que Joaquín Madariaga se desentiende de la campaña porque está negociando con Urquiza, y según Figuerero, cuando fracasa y debe exiliarse, sumada la publicación del Manifiesto Político de Juan Madariaga y "el eco del repudio unánime del pueblo de Corrientes" contra Paz, "debió llegar hasta el retiro triste y solitario del general exilado en país extranjero" amargando las horas del proscripto que "bajo la inspiración de estos sentimientos sombríos… escribió sus Memorias y exhibió el nombre respetable de los "hermanos Madariaga"… presentándolos ante la posteridad como unos vulgares ambiciosos y "traidores a la patria".

Figuerero destaca en esas Memorias, "la falsedad, la impostura y la ausencia de equidad en los juicios del manco glorioso".

Aunque no vengan muy a cuento, en esta suerte de "Vidas Paralelas" de Madariaga y Paz que Figuerero hilvana, también inserta en detalle las circunstancias de la captura de Paz en El Tío, y los hechos posteriores, en particular "el primer cuidado del General Paz" luego de ser aprisionado, que fue "escribir al General Rosas". Luego compara lo dicho por Paz en 1841 luego de Caá Guasú, sobre el valor de los correntinos en general, y sus dicterios de 1846 contra Juan Madariaga en particular y lamenta "¡cuánta diferencia entre las palabras del Detall de 1846 y los términos de las Memorias aparecidas en el año 1855! Para cerrar preguntándose ¿Cuándo escribió la verdad el general Paz?

Tras una serie de ditirambos exaltando a Juan Madariaga, el escrito critica con dureza al gibraltareño Antonio Zinny, "un escritor extranjero" que recoge y transcribe en su obra sobre los gobernadores, "la calumnia" que "se abrió camino" sobre la conducta de Juan Madariaga durante su captura en Laguna Limpia.

Figuerero historia luego las circunstancias del regreso de Juan Madariaga a Corrientes, y llama la atención que asevere por un lado que "El general don Juan Madariaga recobró su libertad por expresa disposición del general Urquiza, y publique pocos párrafos después, una carta de Joaquín Madariaga dirigida a Gregorio Valdés, afirmando que "tenemos a Juan con nosotros,…que se viene escapado y acompañado por seis camaradas, habiendo pasado seis días sin comer".

El autor narra luego las circunstancias que rodean ese regreso, poetizando que se vio precisado a trocar su espada que fulminó a la horda rosina en los combates de Bella Vista y Río Corriente por la pluma del escritor para responder al "cúmulo de imputaciones falsas propaladas por los amigos del ex Director de la Guerra" (Paz). Es en esa coyuntura que en mayo de 1848, publica en "El Pacificador", su "Manifiesto" dirigido "al pueblo de la Provincia".

Las páginas finales de la nota se dedican a transcribir una crítica descarnada de Paz, de la pluma de Juan Madariaga, sobre los sucesos vinculados a la ocupación de la posición de Ihbahai, aseverando que "este afamado general ha dejado a su contrario penetrar hasta un extremo de la Provincia, con menos de la mitad de poder y con caballadas de más de cien leguas de marcha". El escrito intenta luego tachar a Paz de timorato o cobarde y afirma que " colocado nuestro Ejército en las formidables barreras que forma el bañado de Ihbahay, aún no se creyó seguro el General Paz, y ocupó su Ejército en cortar 100.000 estacones para hacer aún más inaccesible aquella posición…". Remata, criticando "estas operaciones de ilimitada prudencia, en un General que contaba con elementos poderosos que le aseguraban la victoria, despierta al contemplarla la sardónica risa del ridículo, de que jamás podrá librarse".

Lo llamativo es que como remate de su escrito, Figuerero se hace eco de las palabras de Madariaga y habla del "fracaso del atrincheramiento de Ihbahai", y cita la opinión de Federico de la Barra sobre "las causas del desastre del general Paz en su atrincheramiento fortificado de Ihbahai".

Aparte de la orfandad de conocimientos militares evidenciada, quienes opinan no parecen haber tomado en consideración que Urquiza no sólo tenía en su poder la correspondencia de Paz con el "general de vanguardia", sino que este fue su prisionero y habría hablado hasta por los codos. En realidad, dadas las circunstancias, tal parece que la posición defensiva como tal logró su objeto, aunque Paz no haya logrado forzar a Urquiza a atacarla, obligándolo a retirarse.

Una inquietud final de Figuerero gira sobre las razones por las cuales no estuvo presente en la batalla de Caseros. En síntesis, porque José María Paz "era un gran táctico, pero un mal político".

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